La moneda argentina viene sufriendo tantas devaluaciones que se ha vuelto una misión imposible determinar con exactitud cuál es su verdadero valor. ¿Habrá algo que haya tenido una mayor devaluación que el peso argentino? Sí. Los valores y los principios rectores de nuestra vida cotidiana.

En la mitología tucumana están escritos cuentos que ni la imaginación de Julio Cortázar o de Jorge Luis Borges (cuyo nacimiento se recuerda mañana) serían capaces de recrear. Allá lejos, en las últimas décadas del siglo pasado, se contaba que cada vez que aumentaba el precio del boleto de ómnibus los concejales cambiaban de auto. También hubo una historia que se difundió en una elección de senador (antes se lo elegía en la Legislatura y no por voto directo) en la que se comentaba que había salido un nuevo modelo de Peugeot 505 que era de color azul miranda. También hay cuentos que refieren a valijas de todo tipo, en distintas épocas, incluso en este siglo. El eufemismo hacía que en los callejones políticos se comentara que había “millones de razones” para que tomaran tal o cual decisión. En una época se pusieron de moda los “perritos”, denominación coloquial que se daba a los empleados con los que se pagaban favores o leyes en los organismos públicos. Por entonces también circulaba el virus de la parentela que nadie quiso frenar.

A nivel nacional pasaba lo mismo. El federalismo perdió sentido; también se devaluó peor que la moneda y los votos en el Congreso de la Nación terminaban siendo lo que el Gobierno nacional necesitaba a cambio de obras, pago de deudas u otros beneficios para las provincias; cuando no para los representantes, en particular. Por lo tanto, cuanto más pobres y dependientes fueran las provincias, mejor.

La extorsión, lisa y llanamente, fue cambiando de denominación para convertirse en negociación.

En esta semana que se despidió para siempre, cuando estas letras se imprimían sobre el papel, hubo una nueva devaluación de principios. ¿Cuánto vale un principio? ¿Cuánto vale una verdad? ¿Cuánto cuesta una reforma judicial? ¿Puede un voto costar un puente? ¿Puede un cambio de ley tener el valor de un tramo de ruta? ¿Es posible que traicionar una identidad política valga un puñado de casas? Hay quienes creen que sí. Flaco favor le hacen a una democracia, cada vez más empobrecida y con dirigentes cada vez más enriquecidos.

La desesperación del oficialismo nacional por avanzar con la reforma judicial ha vuelto a las viejas mañas que no hacen otra cosa que seguir devaluando la política. El apuro por sancionar una reforma judicial a medida de unos cuantos y no de todos, deja al descubierto la imprudencia del oficialismo de no ver que la marcha del lunes pasado fue importante. El mensaje de descontento no es una parte más de la grieta, sino la preocupación de un sector de la sociedad que no está de acuerdo. El respeto por las minorías y por los que ponen el cuerpo cuando salen a la calle enaltece las democracias. Cuán valiosa y perdurable podría ser una reforma judicial fruto del consenso y del debate, y no del pago de prebendas.

Cara de pocos amigos

El viernes pasado, ella llegó sola a la Casa de Gobierno. La cita era con el gobernador de la provincia. Juan Manzur había puesto alfombra roja para la recepción y su mayor entusiasmo. Tenía en carpeta la posibilidad de conseguir dinero del Enacom para mejorar la conectividad. Ella se sentó al lado de la ministra de Gobierno y Justicia, Carolina Vargas Aignasse. Sus otros colegas llegaron juntos y se sentaron en las antípodas, como si una grieta los separara. El virus de la parentela viene haciendo estragos y los mantiene a distancia, más que el coronavirus. Claudia Sbdar, por un lado, y los vocales Daniel Leiva y Eleonora Rodríguez Campos, por el otro. La Corte, que había mostrado un inusitado criterio de unidad que hacía años no tenía, pareciera que volvía a una nueva normalidad.

La audiencia que convocó el camarista Enrique Pedicone profundizó la grieta. Los dos noveles vocales y el veterano vocal Antonio Estofán habían decidido que Pedicone no podía intervenir en la curiosa causa del dueño de unos billares a los que el fiscal Carlos Picón había puesto contra las cuerdas. Por el otro lado, entre los perdedores quedaron la presidenta y el ex presidente de la Corte, Daniel Posse. En un hecho sin precedentes, el camarista terminó arrumbado en una audiencia estéril que se hizo en el pasillo. Pero en esa audiencia se desnudó que ni los que estaban de un lado ni los otros habían dado fundamentos de sus decisiones. En cambio, en los alegatos también esterilizados por la invalidez de la audiencia quedaron al descubierto excesos del fiscal Picón y, en todo caso, exageraciones del Comité Operativo de Emergencia.

El virus y los perritos

El nuevo sistema procesal de la Justicia penal de Tucumán ya tiene la cuenta regresiva. El primer día de septiembre será su debut oficial. Entre los cambios previstos está la creación de la figura del fiscal regional, que tendrá a su cargo la investigación de las causas de corrupción y otras que inmiscuyan a funcionarios. El ministro fiscal, Edmundo Jiménez, que no está inmunizado del virus de la parentela, optó por seguir en la misma senda por la que venía y no dudó en colocar al frente de esa fiscalía Regional a Mariana Rivadeneira, la misma fiscal que hasta ahora no encontró muchos imputados en las causas por corrupción y otros delitos de figuras públicas. “Ya sólo falta que el virus de la parentela contagie a las mascotas de algunos”, comentó un político que todos los días va a la Casa de Gobierno. “No habrá problemas, porque en la Policía hacen falta perritos para buscar droga”, le contestó su interlocutor.

Momento de decisión

Hace unos 15 días el gurú ecuatoriano que entrenaba a Mauricio Macri fue interpelado sobre la oposición. Con el desparpajo que suele caracterizarlo respondió que la oposición no existía porque era imposible hablar de ella en singular. Jaime Durán Barba explicó que había varias oposiciones y que justamente esa era su gran debilidad.

En Tucumán, eso es una realidad insoslayable. La oposición son los intendentes Mariano Campero y Roberto Sánchez; la senadora Silvia Elías de Pérez y su lastre electoral; el diputado José Cano y sus heridas de batallas; el PRO devorado por su falta de conducción; Fuerza Republicana envalentonada con la elección, pero con su líder atribulado por la coyuntura; el Partido Obrero y su persistente ambición parlamentaria, y otras agrupaciones de izquierda que no logran despegar. A ellos se suma el Partido de la Justicia Social del intendente Germán Alfaro que tiene huestes en su ejército pero camina confusamente por el medio de la platabanda de una ancha avenida. Y, como dirían nuestros mayores: “éramos pocos y parió la abuela”. Embalado por su gestión en la Sociedad Rural, el presidente de la entidad, Sebastián Murga, trabaja día y noche para poner a punto un partido que le preste atención a los jóvenes. “CREO que todavía le faltan uñas para guitarrero”, sostienen los que ya se quemaron más de una vez en las lides opositoras de la política comarcana.

Salvo aquellos partidos de izquierda, los demás venían trenzados en una discusión que más que discusión era un justificativo para no tomar decisiones. “¿Para llegar a 2023 hay que ser candidato en 2021?” Esa sola pregunta ya abría una grieta entre los unos y entre los otros. Pero también escondían sus ambiciones. En los últimos días, después de confirmar que su futuro no es el tenis, precisamente, el intendente de Yerba Buena tomó el toro por las astas y decidió empezar la carrera hacia la gobernación.

Hasta el momento había dos respuestas que ninguno de los principales actores del elenco opositor se animaba a contestar: “¿Quiere ser candidato?” y “¿Qué pasa si no llega?” A la primera, respondían con prudencia, por las dudas no pudieran acomodar todas las piezas en la estantería. A la segunda, la esquivaban porque la ambición terminaba en la gobernación. En distintos momentos, Campero respondió: “sí”, a la primera; y “soy un político joven, tengo mucho camino por recorrer todavía”, a la segunda. Y, de esa manera, les sacó ventaja. Decidido a pelear por la candidatura a senador, luego intentaría, seguramente, la de la primera magistratura. Campero se entusiasma porque así llegó a la intendencia: peleando contra molinos de viento encabezados por referentes de su partido y del PRO, que le ordenaban bajarse. Desobedeció y ganó. En esta oportunidad, para llegar la oposición no puede olvidar las palabras del mago ecuatoriano. Si no van todos juntos, no se le puede ganar al oficialismo en una de las provincias más peronistas del país y con más partidos políticos en el ruedo. Para eso, Campero se decidió a conducir el espacio apoyándose en su gestión en la ciudad que se desparrama al pie del cerro San Javier. La unidad que pregona el hombre radical implica juntar el agua y el aceite políticos. Pero el que no arriesga, no gana, pareciera ser su eslogan.